Por Gabriel Bonomi (*) La crisis que nuestra sociedad atraviesa actualmente trasciende ampliamente la índole ambiental. Es una crisis civilizatoria que incluye lo económico, lo político, lo moral, lo cultural y, por supuesto, también lo ambiental. Crisis profundizada aún más por las decisiones políticas de nuestros gobernantes. Crisis que además pone en jaque no solo a nuestra biodiversidad, a los glaciares, a los ríos, al agua sino también a la sociedad argentina entera.

 

Una sociedad que hoy parece sumisa, aletargada e incapaz de reaccionar ante tamaños atropellos ambientales. Que comienza a ver cómo un gobierno extranjero es el que verdaderamente toma las decisiones acerca de cómo, cuándo y dónde debemos aprovechar nuestros tesoros naturales. Sociedad apática y tal vez ya resignada, acorralada acaso entre las necesidades económicas –que son muy reales y acuciantes- y la minuciosa falacia del Gobierno actual -repetida una y otra vez por los medios de comunicación hegemónicos y las redes sociales- de que la única salida es vender al mejor postor (sin importar a qué costo) nuestro patrimonio natural.

 

Y vienen entonces las grandes corporaciones internacionales –ávidas, por supuesto, de apoderarse de nuestros tesoros– a ofrecernos espejitos pintados a cambio de nuestro litio, de nuestro oro, de nuestro cobre, de nuestra fauna, de nuestra agua… Favorecidas, por supuesto, por un Gobierno de extrema derecha que sostiene que absolutamente todo (incluida la naturaleza) debe estar subordinado a la economía. Un Gobierno desquiciado que promueve el individualismo y la competencia, que no cree en la fuerza de la comunidad ni en el Estado, que desfinancia a la ciencia y que está dispuesto incluso a extranjerizar las tierras, a entregar a manos foráneas lo que es de todos los argentinos (de los contemporáneos y de los que vendrán).

 

Pero cuidado. La gente que hoy parece inmovilizada por el somnífero de las redes sociales aún puede reaccionar. La gente de Patagonia cuando vea que destruyan sus glaciares e incendian sus bosques, la de Mendoza cuando envenenen su agua, la de Santa Fe y Entre Ríos cuando vendan su río y aniquilen su fauna. ¿Por qué solemos reaccionar recién cuando nos sentimos despojados, cuando el saqueo ya está consumado y, acaso, ya sea tarde?

 

Pero no, no es tarde. El pueblo argentino sabe muy bien cómo levantarse de una caída. Cuando una sociedad toca fondo, cuando se harta, cuando se indigna, suele comenzar a cuestionarse a sí misma. A cuestionarse como comunidad e, incluso, individualmente. Y es en esa búsqueda, que se reconecta con su Historia más profunda, con sus valores y principios más intrínsecos, con su espiritualidad, sus raíces, su tierra, su patria.

 

Cuidado. Porque la indignación y el hartazgo arrecian. Porque la gente –cansada de una crisis cada vez más profunda- ya empieza a salir a las calles a reclamar por lo que cree justo. A gritar a los cuatro vientos que no quiere mineras contaminantes ni un río privatizado ni salmoneras ni cotos de caza. Que ya no se contenta con espejitos de colores.

 

Nuestro patrimonio natural e, incluso, nuestra propia soberanía está en peligro. Defenderlos es nuestro desafío. Y la gente está despertando… Porque estamos ante una crisis y una crisis puede sacar lo peor de una sociedad. O también –por qué no- lo mejor.

 

(*) Integrante del Centro para el Estudio y Defensa de Aves Silvestres (Ceydas),