Vecino de barrio El Morro en Paraná y uno de los últimos descendientes del pueblo Chaná, falleció este 17 de septiembre a la edad de 92 años Blas Wilfredo Omar Jaime, “el último chaná parlante”. Ferviente e insistente divulgador de la cultura de su pueblo extinto, Blas fue reconocido por preservar su cultura indígena a partir del legado recibido de su madre, Ederlinda Miguelina Yelón. Pudo salvaguardar el patrimonio inmaterial de su pueblo a partir que se quebrara el mandato que establecía que la historia chaná debía ser transmitida oralmente de mujer en mujer. Luego de años en la tarea de sistematizar esta cultura ágrafa y con la asistencia de investigadores en lingüística, se pudo reconstruir un lenguaje perdida que pasó a ser registrado y cedido a su hija Evangelina.
Recibió de su madre una lengua considerada extinguida durante dos siglos a partir de romper el mandato ancestral que establecía que la memoria del pueblo chaná debía ser transmitida de mujer a mujer. Aprendió así a contar del acervo cultura de su pueblo y así pudo evitar que desapareciera.
DAYENDÉN
Cuando hace 20 años comenzó con su tarea de divulgar y dar a conocer la memoria del pueblo chaná que le había sido conferido por su madre, Blas contó que en la tradición de su pueblo era que esta tarea le era asignada a la «Dayendén«, que significa la persona que «guarda memoria». Su tatarabuela, bisabuela, abuela y madre fueron dayendén. Y si bien su mamá tuvo dos hijas mujeres –a quien por regla debía transmitir la narración–, éstas murieron de pequeñas. Entonces, cuando llegó a la edad que no podía tener más hijos y no tenía a quién enseñarle su legado, comenzó a transferir su saber a Blas. Es así que Jaime, el último chaná parlante, emprendió una doble tarea. Sistematizar esa lengua heredada y buscar el modo de poder preservarla.
“La cultura chaná está asociada al agua, a los ríos. Atá es el agua y atá-má, es ‘agua que pasa’. Atá-ma se llama así al río. Los arroyos son los ‘hijos del río’, son los vanatí ata-má. Los chanáes vivieron principalmente en las islas, en todo el Paraná, porque eran más fácil de defender que en tierra firme, con cuatro guardias se cubrían todos los flancos. El pueblo chaná es un pueblo pacífico que, en su antigüedad, fue guerrero. Al venir a estas tierras, por el siglo IV, cambiaron su manera de vivir. Era un pueblo de gran instrucción, pero al venir decidieron volver a ser primitivos, porque con toda esa cultura con la que vivieron en el norte fueron derrotados, fracasaron”, contó Blas en una de esas primeras charlas, en Islote Curupí, allá por el año 2006.
“En esta antigua cultura chaná, la mujer era la que gobernaba, dirigía los ejércitos y siempre estaba en primer término. Ella elegía con quién tener sus hijos. Era tan privativa de sus derechos, que podía buscar a tres o cuatro mancebos y con ellos tener hijos sin nadie supiera de quién era. Luego de quedar embarazada, si su compañero no ameritaba, lo hacía matar, así las únicas ‘dueñas’ de sus hijos eran ellas. Era una cultura dominante femenina, que luego de siglos se conservó en parte, ya que en la cultura chaná ningún hombre podía adueñarse o lastimar a una mujer; quienes lo hacían eran expulsados. Era una norma muy rígida. También había un respeto irrestricto de los ancianos, así fuera el más pobre pescador. Las mesas eran abiertas para ellos. Si alguien estaba cocinando un animal o pescado, los ancianos podía ir donde quisieran. La obligación del pueblo chaná era hacerles una casa, nadie necesitaba de la caridad, eran sus derechos. Esto se les enseñaba a los niños de temprana edad. Era una falta muy grave decir una grosería o falta de respecto a los ancianos. Niños y jóvenes podían ser duramente castigados”, aseguró.

VIDA Y NATURALEZA
Como él mismo Blas explicó, la transmisión de la cultura chaná estaba en manos de las mujeres, aunque en el ocaso como pueblo comenzaron a perder peso en la organización social y los consejos. “Las tribus se conformaban en grupos pequeños, de no más de 200 personas. Esto era así por razones prácticas, ya que vivían del entorno, la caza, la pesca o la recolección de frutos naturales o su siembra de papa y otras plantas. Cada grupo tenía un pequeño consejo y, a su vez, integraban uno mayor del pueblo, que tenía un representante de cada clan”.
Entre otras costumbres, Blas mencionó el estrecho vínculo con la naturaleza, como las víboras autóctonas que convivían con ellos. También el sapo cururú y “los niños jugaban con los insectos”. Para de la vida espiritual estaba ligada a los astros. “Al sol le pedían el calor y, a la tierra –que es la madre que provee de todos los nutrientes para su vida–, pedían permiso cada vez que, por ejemplo, cortaban un árbol que le pertenecía. Se le pedía perdón y le decían para qué lo necesitaban”, describió.
Este conocimiento de Jaime acaparó la atención del lingüista e investigador del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet) José Pedro Viegas Barros, quien junto a Jaime editó un trabajo recopilatorio de una lengua que por siglos se creyó extinta.
De la Redacción de ERA Verde
